Sísifo es uno de los personajes de mayor astucia y avaricia en la mitología griega. Se dio maña para traicionar al mismo Zeus, embaucar a Tánatos, Ares y Hades, dioses de la muerte, la guerra y el inframundo, respectivamente. Sin embargo, Zeus logró controlarlo y, junto con Hades, le imponen un castigo ejemplar al bribón de Sísifo: subir una pesada roca por la ladera de una montaña empinada. Pero cuando la roca estuviera a punto de llegar a la cima, rodaría cuesta abajo para que él, nuevamente tenga que volver a subirla. Y esto se repetirá por toda la eternidad.
El mito de Sísifo permite análisis desde diferentes puntos de vista, como el de Camus. Pero también otorga la posibilidad de ensayar sobre aspectos cotidianos, donde parece que estamos condenados a empujar una roca eternamente, sin reparar en si estamos haciéndolo por la ladera de pendiente menos pronunciada, ni en la razón por la cual no podemos avanzar y acabamos repitiendo el mismo camino una y otra vez. Mucho menos en averiguar cuál ha sido hecho (“el pecado”) que nos ha colocado en tal situación.
Encuentro que Sísifo es una analogía muy oportuna para interpretar los problemas de percepción social de nuestra industria, que de manera tan obstinada se empeñan algunos medios y personalidades en reforzar cada tanto tiempo.
Y es que, como Sísifo, hace muchos años empezamos a rodar cuesta arriba la pesada roca de una estigmatización social alimentada por la ignorancia colectiva de los principios de funcionamiento, regulación y control de nuestra industria. Y cada vez que logramos algún progreso, aparece algún hecho u opinión particular que hace que esta roca ruede cuesta abajo. Y ahí volvemos a empezar, como Sísifo, a empujar nuestra roca.
¿Qué sucede? ¿En qué fallamos? ¿Por qué la industria del entretenimiento se sataniza, mientras el alcohol o el tabaco tienen el favor de la sociedad y el beneplácito de los gobiernos?
Creo que hay varias razones que pueden explicar la situación. Pero la principal, sin duda, es la falta de comunicación asertiva de los reguladores a la sociedad. No es una tarea fácil, por supuesto, pero cuanto más de retrase, más complicada se hará.
Como ejemplo, analicemos el caso de Colombia. Su regulación y organización, como la conocemos hoy, empezó mucho después que países como Panamá, Perú y Argentina, por citar algunos. Pero el enfoque, basado en tratar a los juegos de azar como una actividad económica como cualquier otra, con reglas específicas regidas por el monopolio rentístico, con una permanente evolución en la regulación y una activa participación del sector privado, ha logrado que hoy se trate de uno de los mercados masivos más estables. Llama la atención, positivamente, la naturalidad con la que COLJUEGOS aparece en cada spot y publicidad privada.
¿Cuál fue la principal causa del éxito? Entender a la industria y su regulación como algo natural, no como algo prohibido o un mal con el que no queda más que convivir. Dejar de lado la satanización para dar paso al conocimiento y el entendimiento. Competir y apostar es intrínseco al ser humano, y así se entendió.
En el extremo opuesto del espectro están mercado donde se eligió el silencio y el perfil bajo. Somos mediáticamente vulnerables, de acuerdo, pero también tenemos suficientes argumentos para demostrar nuestra contribución y trabajar en conseguir una mejor percepción social. Esto no va a ocurrir por sí solo. Y cada día que dejamos pasar cuesta más revertir la situación.
Por ejemplo, durante las campañas electorales es algo repetitivo escuchar a los candidatos al congreso, e incluso a la presidencia, reclamar que los casinos no pagan impuestos y que la ludopatía por juegos de azar avanza a un ritmo galopante. Esto es fácilmente rebatible y demostrable, de manera inapelable, con datos reales y estudios estadísticos. Pero se opta por el silencio, y el silencio nos vuelve cómplices.
Y claro, luego llegan épocas peores, donde efectivamente conviene más el silencio, por un tiempo, y de ahí volvemos a empezar, igual que Sísifo.
Mi primera comparación, habitual, es con el alcohol. No he escuchado de casos de personas que hayan salido de un casino, se hayan subido a su auto y hayan ocasionado un accidente. Pero si leo a diario sobre conductores con estado etílico que matan personas en accidentes.
Mi segundo caso es el tabaco. La incidencia en el presupuesto de salud pública y el daño irreversible en las personas es infinitamente mayor entre los fumadores, que los casos de adicción al juego que pueden existir. Pero al igual que con el alcohol, hay una aceptación social tácita al tabaco.
Y si hablo de adicciones, llego a mi tercer paralelo; las consolas y los gamers. Son una industria muy respetable, pero sin ningún control en la mayor parte de los países, y en la gran mayoría de las familias. ¿No es acaso un problema aquel joven que no estudia o duerme lo suficiente por jugar cada noche? ¿No es una adicción? Estudios en la región señalan que el “galopante crecimiento de la ludopatía” es en jóvenes adolescentes y se da en casas, por el uso indiscriminado de las consolas de juego.
¿Por qué, entonces, los casinos y tragamonedas resultan siempre los más atacados y condenados? Creo que la respuesta viene por una estigmatización, deplorable, de Hollywood y, por qué no decirlo, de la historia inicial del juego, en muchos casos ligados al crimen. Hoy es común leer “opiniones” en redes sociales que aseguran sin ninguna prueba o sustento, que en los casinos y tragamonedas ocurren cosas de lo más inverosímiles ligadas al crimen organizado. Un poco más, y resucitan a Al Capone y Meyer Lansky. Y nuevamente, sabiendo que no es real, callamos. Y el silencio se vuelve cómplice, y la roca vuelve a caer.
Pero ¿cuántas personas conocen de la profesionalización, la investigación y desarrollo y responsabilidad social que tenemos en nuestro sector? ¿Quiénes han oído hablar de los laboratorios certificadores, de los organismos de control, de las carreras profesionales que se ofrecen, por ejemplo, en la UNLV o la UNR? No poder difundir esto, masivamente, en plena era de la información, es nuestra responsabilidad como rubro.
No es posible que la referencia de consulta en un “debate de alto nivel”, sea un vídeo de Youtube con fondo de música de suspenso, y un narrador con entonación de drama, donde las ideas y principios se tergiversan y acomodan para dar un mensaje equivocado.
El reto, como industria, es no ser Sísifo y condenarnos a la eternidad rodando una roca. Si caemos en esa rutina, descubriremos que un día no habrá más eternidad y el juego se habrá terminado. Hemos de hacer un frente común, todas las partes que formamos la comunidad del gaming, y ser parte de un solo plan que permita posicionarnos socialmente como la industria seria, respetable, productiva y controlada que somos.
Y cuanto más tarde empecemos, más difícil será la tarea, si acaso siga siendo posible.








